Ella lo sabía, pero nadie le hacía caso. Después de las nueve, cuando papá apagaba la noche misma, podía sentir como ese algo viscoso y putrefacto nadaba por sus venas y su cerebro, comiéndose uno a uno los peces dorados que se encontraba en su cabeza. Se golpeaba tratando de sacarlo, cortaba sus venas cazando algún tentáculo, subía por la noche a la azotea o se paraba de puntitas en el andén del metro amenazándolo de saltar si es que no salía de su cuerpo.
“Ya pasará” decía la familia. “Las medicinas están funcionando” decía el doctor
Ella lo sabía, pero nadie le hacía caso. Después de las nueve, cuando papá apagaba la noche misma, podía sentir como ese algo viscoso y putrefacto nadaba por sus venas y su cerebro, comiéndose uno a uno los peces dorados que se encontraba en su cabeza. Se golpeaba tratando de sacarlo, cortaba sus venas cazando algún tentáculo, subía por la noche a la azotea o se paraba de puntitas en el andén del metro amenazándolo de saltar si es que no salía de su cuerpo.
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